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viernes, 7 de marzo de 2014

Ante el envío misionero de un sacerdote de la Diócesis

Querido Carlos, Paz y Bien!
           
Ya faltan pocos días para que comiences una de las experiencias más significativas de tu vida y que, a buen seguro, marcarán de una manera definitiva tu vida personal, espiritual y sacerdotal.

            Supongo que la vivencia de estos días entorno a la familia, los amigos, los compañeros y la vida diocesana, habrán removido en tu interior un sinfín de emociones, sentimientos y experiencias compartidas, vividas con unos y otros, en diferentes lugares, contextos y momentos de la vida.
            Paz y confianza en el Señor!, son las palabras que me surgen para ti en estos instantes previos, pues no hace mucho tiempo estaba viviendo yo esa misma situación en la que ahora tú te encuentras, no sé si con más nervios, pero te aseguro que con los mismos miedos y, a la vez, con una alegría y una esperanza que sólo se puede vivir en el interior del corazón y que, difícilmente, se puede explicar con palabras a quien no está dispuesto a dejarlo todo, por seguir al Señor hasta los confines de la tierra.
            Sabes, Carlos? Creo que somos unos privilegiados, pues hemos sido bendecidos por Dios con un don, una gracia: la llamada a la misión“ad gentes”. Tener la posibilidad de anunciar la Buena Noticia del Amor de Dios, allí donde todavía no se le conoce o apenas ha empezado la  evangelización, es un regalo que tenemos que cuidar y mimar cada día, pues tan valioso tesoro resulta a la vez ser de lo más frágil y delicado.